La fuerte vulnerabilidad del escritor

octubre 12, 2012 Comentarios desactivados en La fuerte vulnerabilidad del escritor

Vulnerable

(Photo credit: soonerpa)

Christopher Jackson aborda en FuelYourWriting la vulnerabilidad, con la honestidad que la acompaña, como una fortaleza ante el lector. Me parece una faceta de complicada definición certera. Por ejemplo, un amigo decía que un autor debe seguir narrando aunque se adentre en territorio incómodo y grosero, que se adquiere esa honradez al llamar a las cosas por su nombre; otra denominaba así a mantener la promesa de entregar todas las respuestas a preguntas surgidas en el texto. Tennessee Williams decía que uno alcanzaba esa virtud cuando resultaba inseparable de sus escritos, Steinbeck que eso dependía de cuánto conocieras al hombre y Papa sostenía que eso era talante de gatos.

Sería pretencioso decir que vengo aquí a dar un veredicto. Menos mal que existen las opiniones. La mía es que si junto los prismas anteriores esbozo qué representa para mí la honestidad de un juntaletras. Que solo podemos ser rotundos a la hora de pintar una escena o una actitud cuando desechamos la vergüenza y nos entregamos a pecho descubierto, con la claridad que nos permita nuestra voz, a contar una historia que lleve consigo cómo vemos el mundo. En otras palabras: relata apoyándote en lo que sabes, directa o empáticamente, desoyendo el miedo al juicio ajeno.

Aún así, creo que hay un par de detalles más.

Sinceridad y honestidad mantienen una relación que divide a los autores con un muro de cemento denso entre quienes creen que solo debemos escribir sobre qué hemos vivido, como Hemingway, y los que sostienen que la verdad se encuentra diluida en la ficción, como Martin Amis. Considero que más que escribir acerca de qué pueda ser cierto o no, cuenta cuanto quieres contarlo. Da igual si hablamos de Verdad o una verdad ceniza si te preocupas por conducir a tu lector gentilmente en la historia; de si  pierdes noches en vela arreglando ese personaje vacío, rompes tus cuernos desenredando ese pasaje que es importante y flojea, te documentas durante meses en ratos libres,  desanudas tu garganta mientras cercenas aquella escena que tanto disfrutaste componiendo porque sabes que es muy bonito pero aporta nada y menos.

Bájate del pedestal. Trágate tu soberbia, siéntate frente al interlocutor que desconoces y, más a menudo de lo que muchos admiten, sucumbe a que no puedes contar algunas cosas sin sacrificarte ni depositar parte de ti en el texto. Que es en ese proceso de arrancar pedazos de lo vivido y plasmar qué hincha tu pecho de orgullo, qué te sonroja de pura vergüenza, cuáles son las pequeñas tonterías que te reconfortan y qué miedos atenazan tu estómago con retortijones gélidos, cuando descubres la misma vulnerabilidad con la que acometiste lo mejor y peor de la vida, valorando la gratitud a través del rencor y el dolor, midiendo la realidad al atravesar la cortina dorada de la felicidad para no perder el norte. Y después, sin pretenderlo, disciernes con la relativa distancia del observador y la artesanía del narrador, la verdad por la que tus lectores sonreirán, se encogerán y llorarán.

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