Lauren Leto: Por qué Hemingway le dijo a Updike que el panorama literario de Nueva York era una botella repleta de lombrices tratando de comerse los unos a los otros

octubre 13, 2012 Comentarios desactivados en Lauren Leto: Por qué Hemingway le dijo a Updike que el panorama literario de Nueva York era una botella repleta de lombrices tratando de comerse los unos a los otros

Por qué Hemingway le dijo a Updike que el panorama literario de Nueva York era una botella repleta de lombrices tratando de comerse los unos a los otros

Por Lauren Leto

Desde que eres capaz de recordar, quisiste ser escritor.

Fantaseabas con dejarte caer por algún garito tenuemente iluminado y tranquilo, con hombres con chaquetas de traje a cuadros y conversaciones sobre recuerdos Proustianos bañados en bourbon y hielo llenaban tu mente, sentado bajo los fluorescentes de tu clase de matemáticas en el instituto.

Llegas a la brillante gran ciudad con la ambición de vivir en la miseria alumbrado por la luz de tu ordenador. Con hambre por discutir los matices entre los personajes de Atwood en sus trabajos, de cómo Lin usa las comillas y de tus esperanzadores giros argumentales. Éste es el lugar que soñaste para debatir, para descubrir, demostrando migajas intrincadas de curiosidades literarias absorbidas a lo largo de años de estudio.

Estás en la ciudad de Nueva York. Maleta en mano. Con los ojos en el cielo.

No te puedes permitir vivir en el centro, así que te trasladas a Brooklyn o Queens o apañas un sitio en la ciudad y vives con otros tres tipos en un apartamento diseñado para uno (lo que está bien, ya que aquellos de los que aprenderás hacen lo mismo y esto estrechará los lazos con tus nuevos guías, otros autores sin publicar). Y dices “tengo esta historia” o “quiero escribir para tal sitio”. “Claro, también lo intenté yo y envié algunos textos aquí y allá. Buena suerte”, te replica un compañero de piso mientras se preparan para ir a un bar que no se pueden permitir. Los demás sonríen sabiendo cómo de duro será, joven, cuando te rompas.

Pero piensas que eres diferente.

Tienes el fuego de verdad, la llama incombustible, no la disipable al tedio áspero que consigue que tus colegas no encuentren tiempo para escribir en sus lánguidos días. Es la roja y caliente, la que abrasa a través de la piel causando que sonrías en la calle con una ráfaga de inspiración, una especie de ambición llameante.

El comienzo perfecto para un capítulo te golpea esperando el metro y das un paseo largo hasta tu piso porque tienes demasiada energía como para sentarte.

Escoges gente afín con la que rodearte en el cotidiano de tu casa o con amigos del trabajo o personas que te presentaron conocidos de tu tierra natal.

“¿Por qué estás aquí?”

“Quiero ser escritor.”
(ya la jodiste al exponer semejante vulnerabilidad)

“Por cierto, ¿has leído el nuevo libro tal?”

“¡Sí! ¡Me pareció genial!”

“Pensé que era excesivamente gracioso.”

“Oh.”

“Escuché que tal y tal consiguieron un acuerdo para publicar.”

“¡Ah! ¡Bien por ellos!”

“Mis amigos, que trabajan allí, dicen que el editor quiere matarlos, que son pésimos escritores. Va a ser un libro atroz.”

“¿De qué va?”

“Es un libro de memorias. Consiguieron el acuerdo por su blog.”

“Oh. Huh.”

“¿Realmente piensas que tal libro fue genial?”

“Me gustó el punto de vista.”

“¡Oh, Dios! Eso fue un truco barato. Tal y tal no podrían resistirse a ser cursis ni aunque su vida dependiera de ello.”

“Pero creo que cumple su propósito. Es un narrador del que desconfiar, por eso podría parecer falso.”

“¡Por favor! Vamos a tener que enseñarte algunas cosas. Hay solo dos autores y son [inserte nombre de autor esotérico] y [inserte nombre de autor obtuso].”

Entonces claudicas y repites esa conversación innumerables veces hasta que todo el mundo en la ciudad te desgasta lo suficiente como para pensar que nadie tenga talento alguno.

Y te arrastras al fondo del fondo del fondo de tus propuestas, enviando historia tras historia mientras el odio por el autor que consiguió un acuerdo por su aparente aburrida y estancada vida sin incidentes, solo por miles de visitas en su blog por un artículo que era una imitación del metamodernismo de Wallace, crece y crece, encostrándose en tu cerebro donde se localiza el centro neurálgico de la ambición.

Y las conversaciones que esperabas acerca del humor kafkiano se ven eclipsadas por las mofas a las novelas de Lorrie Moore o cómo alguien empleado en la misma casa editorial encargada de Jonathan Safran Foer dice que su próxima publicación es nada más que ficción comercial y empiezas a darte cuenta que la literatura es un evento social para esa gente, una forma de definirse y de vivir, pero no un propósito.

Y esa certeza agarrota tus manos la siguiente vez que pones un relato en papel porque narras para evitar que el mundo funcione así, no para intentar ganarte el puesto en una jerarquía inventada.

Hasta que un día, finalmente, te rindes.

Mi solución para jóvenes escritores descorazonados hasta el punto de abandonar es simple. Asesina al resto. Envenena su vodka y soda sobrevalorados mientras están en el baño. Dispárales en la cara cuando duerman. Hablo de esa gente que lee solo por criticar y condescender. Libremos nuestro planeta de ellos.

Escribe tu historia. Envíala a mil compañías editoriales y cuando recibas suficientes cartas de rechazo como para empapelar tus paredes, envía cinco mil más.

Lleva contigo un estilete de tal manera que cualquier persona en cinco metros que no grite “quizá seas la próxima inmensa luz brillante en el oscuro mundo de la literatura contemporánea” pueda ser apuñalada en las entrañas.

Mantén sartenes de hierro en tu cocina, así invitarías a tu cita y se las reventarías en la cabeza en un descuido si dice algo menos que “podrías escribir las palabras que nos salven a todos”

(via MentalFloss)

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