Procrastinar

noviembre 12, 2012 Comentarios desactivados en Procrastinar

Procrastination

(Photo credit: Viktor Hertz)

A ver si te suena esta rutina:

Primero contemplas la página en blanco. Alguien encendió una aspiradora bajo tu silla, porque te dices «tengo que entregar este proyecto y me pesa el alma». Sacudes la cabeza, te arremangas, colocas las yemas de los dedos en las teclas y pares —porque te cuestan como un parto—, cuatro palabras sobre el papel. La cabeza te cae a un lado y arrugas la nariz en una mueca de fastidio.

Te estiras un poco. «Quiero hacerlo, pero me falta garra, ritmo, vida». Piensas que algo inmediatamente productivo descubrirá nuevos caminos a tu subconsciente, así que revisas el correo con un límite claro «cuando termine, me pongo». Cinco minutos después (o menos, no te engañes), el discurso cambia: «necesito café, todavía los ojos ¡Este proyecto requiere de mis facultades a pleno rendimiento!»

Mientras el café se calienta, un pensamiento cruza la mente: «bueno, igual debería despejarme un poco». Miras el reloj, son y cuarto. «A y media me pongo y, de paso, limpio Facebook o Twitter, que seguro que tengo mil menciones y nunca se sabe».

Veinte minutos después, a y treinta y cinco, el monólogo interior es tal que: «madre mía, ¡qué dejadez! Ya me vale, debería ser más responsable… semejante comportamiento desmerece la gloria que el futuro me reserva», proseguido de un tono tranquilizador recordándote que «es malo ser demasiado exigente, eso mina el flujo creativo». Corona un «a en punto me pongo».

Voy a comer algo. Se me pasó la hora. ¡Uy ,el correo! A y media me pongo.
Café. ¡Vaya, la hora! ¡Facebook, Twitter! A en punto me pongo.

¿Te has reconocido?

Es el mundo de los días normales de todos los creativos del universo. Un mundo en el que los únicos capaces de producir de primeras son los disciplinados más férreos, esos tipos que saben que el monólogo interno solo se frena tecleando, dibujando y creando. Los que lo reconducen hacia el entorno de trabajo.

Parece muy fácil, así explicado, aunque es incluso más fácil si te pones a ello. Por ejemplo, al principio de la rutina, el monólogo interior se intensificó cuando las cuatro palabras en el papel no condujeron a nada. Sin embargo, el monólogo era nulo hasta recostarte en la silla. De acuerdo, estaba en el fondo del lago de tu conversación mental, pero sólo escuchabas sus burbujitas. ¡Sólo eran restos de conciencia! Cualquier voz en el fondo de un lago deja de molestar pasados unos minutos.

El problema es que quien sale a superficie tras un rato de asfixia respira aún más fuerte. La solución es continuar, manchar el papel, ahogar esas expresiones quejicosas, negativas y de aplazo en el fondo del lago mental. Veinte minutos tecleando, aunque solo surjan sinsentidos. Inténtalo. Si en ese tiempo no arrancas nada interesante de ese espacio en blanco, hazte el café, despéjate o lo que te apetezca.

Luego arremángate de nuevo; vuelve a crear.

Y ahoga la voz de tu procrastinación en el maldito lodo de los golpes de tecla y trazos.

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