Por qué los escritores rara vez se critican entre ellos

noviembre 14, 2012 § 3 comentarios

festival crítica urbana

Alguien comentaba, hace meses, lo habitual de no sacarse los ojos entre autores. Que existe un pacto tácito de no agresión. Pensé que era una visión tirando a ingenua.

Antes de continuar, me confieso culpable. Cuando una obra me disgusta, abro la boca más que nadie, sí, en mis círculos íntimos. Evito emitir mi opinión en público acerca de otra pluma porque no son tan extrañas las carambolas del destino: soy la clase de tipo que manifiesta el comentario desafortunado en el momento equivocado, así que me curo en salud.

A medida que pasa el tiempo creo que esa persona del comentario posee algo de razón, aunque juraría que era extranjera y yo vivo en España, donde nos gusta más poner a caldo que a un tonto un lápiz, en un panorama nutrido de gentuza deseando meterse los unos con los otros. Y aún así me late la sospecha de que ni afuera son tan santos ni aquí tan burdos y, quien más, quien menos, despelleja por lo bajo sosteniendo la afabilidad de cara a la galería; hipócritas porque mantener el hacha en alto es un coñazo y juzgar una pérdida de tiempo.

Los que le damos a la tecla somos nuestros más feroces críticos, incluso en textos intrascendentes. Aunque pueda molestarnos lo que otros digan, no es más que una iteración de una vieja letanía en la que vivimos. Tampoco corregimos nada chirriante al criticar, pues quien tiene potestad —y no siempre—, es el propio autor. Por no mencionar que liarse a soltar sapos y culebras es un ejercicio muy cansado, física e intelectualmente, y andamos con la cabeza demasiado ocupada en nuestras cosas como para invertir energía fuera de ella.

Quizá sea porque los que escribimos estamos tarados, con demonios internos campando sueltos la mayor parte del día, exorcizándolos explícita o implícitamente a través de las historias y no por romanticismo, sino por saneamiento mental; o igual es que sabemos lo que cuesta parir un libro, con sus meses de sequía social y cierto grado de obsesión por relacionar lo que percibimos con el retoño retórico que queremos traer al mundo; o quizá seamos un poco engreídos y disfrutemos dejando esas migajas a los críticos literarios, convencidos de ubicarnos por encima de ellos, del bien y del mal; o acaso se resume en que la inmensa mayoría somos una manga de inseguros y no vaya a ser que por hablar nos llevemos la de Dios en todo el cielo de la boca cuando nosotros sólo pasábamos por ahí.

Cada uno analiza y toma las observaciones de otros como buenamente puede, creo. Saber que el despelleje es inevitable mientras escribes tu historia, rezando para que pase más temprano que tarde, construye una especie de pacto tácito. Uno que parte del respeto al trabajo, a los días que creas a pesar de la migraña y el dolor de espalda, seco de imaginación y odiando la certeza de que en algún punto de tus cien, doscientas o mil páginas podrías pinchar y hundir unos cuantos meses de tu vida.

Así que si alguien va a tocarnos los huevos, lo mínimo que esperamos es que lo haga con educación y habiendo tenido la decencia de tratar, ya no de publicar, sino de escribir, antes de abrir el mugriento vertedero que tenga por boca.

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§ 3 respuestas a Por qué los escritores rara vez se critican entre ellos

  • Whila dice:

    Porque en realidad, son los lectores los que se dedican a eso :D (y son legión, no olvidemos!).

    • Vincenzo dice:

      Fíjate si es verdad que se considera antes la opinión de un lector honesto que la de un crítico (a sueldo o no). Diferenciándose, dicen, porque los segundos enmascararán la búsqueda de tres pies al gato con innecesaria pomposidad, sosteniendo una verdad absoluta que les da vía libre para insultar.

      Y me ahorro si estoy de acuerdo o no con esa división :P

  • […] Comenté en su momento que todos somos críticos y que la diferencia radica en cómo exponemos y nos…. Aunque parezca mentira, criticar lo que habitualmente ves en la pequeña y gran pantalla es sencillo. Incluso las películas de sobremesa de los domingos, producciones desafinadas donde las haya, funcionan a niveles básicos que destacan las miserias de un proyecto inacabado o, peor aún, tratado perezosamente. […]

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