El poder de las referencias

noviembre 15, 2012 Comentarios desactivados en El poder de las referencias

Si algo domina Apple es escoger referencias populares en sus anuncios. Y lo consiguió de nuevo con el piano de la publicidad del iPad mini. Las notas que se escuchan arrancan una expresión: «¡anda, me suena!».

¡Pues claro que lo hace! Es la primera canción que Tom Hanks y Robert Loggia interpretan en el teclado gigante de Big, una de las pocas películas que las últimas tres generaciones conocen de la mano de Hollywood. Ignorabas que fue un bombazo hace ochenta años y ni siquiera recuerdas el título y allí estás, tarareando Heart and Soul. Y te gusta, pero más importante todavía: te suena.

Las referencias reverberan en el receptor del mensaje. Conectan sentimientos asociados, estableciendo o reforzando el tono de una escena, personaje o diálogo. Eso obliga a cualquier autor a saber un poco de todo (además de un motivo de inocente pedantería al quedar como un sabihondo. Está bien, no me lo tengas muy en cuenta).

Una alusión se emplea con mil intenciones. Por ejemplo, hilar eventos y construir una historia. Cojamos un momento Suits. Una serie de abogados en la que un joven Mike Ross es tutelado por un veterano Harvey Specter para aprender a desenvolverse por el mundo legal en una gran firma de Manhattan. A veces recuerdan a Batman y Robin contra el crimen organizado; al señor Miyagi enseñando a Daniel Larusso en Karate Kid; a Morfeo descubriéndole un universo nuevo a Neo en Matrix. ¿Y sabes qué? Esos títulos se filtran en la serie, fugazmente, en fragmentos dialogados, y funcionan estupendamente. Guían al espectador a través de la maraña de la terminología jurídica y brinda un pulso que de otra manera se enterraría bajo la gruesa capa de intrigas.

Las referencias también pueden abstraer al lector. Sacarlo del juego, colocarlo en un tablero distinto ubicado en su cabeza, y marearlo. Es lo que me sucede con Glee. Sus trocitos de historia se pegan entre ellos con remezclas coreografiadas de éxitos de ayer y hoy. La idea es buena, pero me fatiga ir y venir de esos esquejes narrativos. Cuatro canciones, cada una de tres minutos de media, en capítulos de cuarenta; un tercio de capítulo es demasiado para mí.

Otro ejemplo demoledor, y más gustándome millones, es Terry Pratchett. Me encanta la narración del viejo del sombrero de ala negra pero, especialmente en sus primeros libros, me costaba engancharme a Ankh-Morpork y al Mundodisco. Eran tantas las alusiones lanzadas en sus descripciones, tan propias de su acerbo cultural, que desconectaba. Para leerle sin perder pie, debía saber de dónde provenían sus guiños, por lo que a la larga, en vez de arrojar luz, oscurecían mi visión de la narración. Aunque probablemente la traducción tampoco ayudara.

Las referencias son armas narrativas muy potentes. Obligan a quien te lee a recuperar datos para sintonizar contigo, son importantes y delicadas. Puestos a viajar al pasado y despertar sentimientos y ponerlos sobre la mesa, escógelas bien, que pasen desapercibidas si no se reconocen y que tu lector escuche al cazarlas: «¿Qué hay de nuevo, viejo?»

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