Ficción, realidad y viceversa

diciembre 20, 2012 Comentarios desactivados en Ficción, realidad y viceversa

New Fiction

(Photo credit: Salem (MA) Public Library)

Te asombraría saber cuántos creen que tu relato sucedió de verdad. Te lías un rato a juntar palabras, contando una historia que te quema en el cráneo, se dibuja sobre la marcha o es un esqueje de una anécdota vivida, lo dejas reposar, editas recortando y puliendo, lo cuelgas en un blog o lo chutas a un medio. En cuanto aparece, hay quien se lleva las manos a la cabeza y escuchas que cómo puede ser, que vaya con este mundo, que qué bonito es que la vida depare esas sorpresas, lo que sea.

Esa es la razón por la que rara vez escribo contenido puramente autobiográfico; con tanto crédulo campante tendremos un disgusto (mañana, sin ir más lejos). Si publico un hecho, será una historia dentro de la historia, un guiño, cuidándome muy mucho de exponer a nadie. Mi primer trabajo firmado es un vivo ejemplo. Resumiendo, narré un asalto sufrido en el metro de Barcelona. La acción en si tenía su pegada pero necesitaba un trasfondo que recalcara una moraleja que originalmente apenas tenía cabida. Así que lo elaboré de cero. Un par de amigos me pusieron de vuelta y media.

No les culpo. Por algo sostiene Jessamyn West que la ficción revela la verdad que la realidad esconde. El lector puede distinguir entre realidad y ficción —especialmente si es testigo o parte—, y es nuestra labor dificultarlo sin tomarle el pelo. Máxime cuando la invención y la verdad se mezclan, como en mi ejemplo, sin tener nada que ver con Hogwarts, naves espaciales o viajes en el tiempo.

Toda ficción cumple dos funciones: perturbar y/o confortar. Eso sólo alimenta la certeza de que, apartando la reacción que despierte en quien recibe la narración, si no se especifica abiertamente que el texto es real, conviene pensar que lo que leemos es mentira y que aunque el autor se ciña a una aparente realidad, podría jugar con rinocerontes rosas y escobas que barren solas.

Pero hay más. Muy rara es la vez que la vida aporta un material capaz de sostener una ficción. Hay crónicas alucinantes allí afuera. Trágicas, como aquel que salió de su casa a trabajar y toda su familia murió en diferentes accidentes a lo largo y ancho del país; la inspiradora vida del hombre que no tenía extremidades; tan divertidas que te invaden las ganas de recorrerte el globo en busca de aventuras y tan románticas que La Princesa Prometida, los Puentes de Madison y Love Actually empalidecerían. Historias estupendas para ser contadas y que, para nuestra desgracia, son las menos.

La ficción es el robo descarado de una realidad ajena o de otro mito. Lo arrebatas con nocturnidad y alevosía y durante el proceso de chapa y pintura, para que nadie reconozca el objeto primigenio, le aportas tu infinidad de detalles, lo mezclas con otros, lo moldeas y le das la apariencia que gustes y creas necesaria; le filtras el mensaje, tu prisma, a ti. Por eso, y quizá es que soy un poco extraño, creo que uno de los mejores cumplidos que podemos escuchar se forma con la pregunta ¿Esto sucedió en realidad?

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