Cómo escribir según Charles Bukowski

diciembre 28, 2012 § 1 comentario

 

Charles Bukowski

(Photo credit: Wikipedia)

Charles Bukowski debe ser de los autores más revueltos en su tumba. Pasó dos tercios de su vida en un entorno disfuncional de clase baja, a los cincuenta se liberó de la rutina infame de oficinista de correos y todavía, se usa su nombre para representar la amalgama de clichés de escritor que se pasa el día bebiendo y escribiendo, todo muy bohemio y bonito. Como si los diez años de sequía, las idas y venidas del hospital con las vísceras sangrantes, los rechazos editoriales constantes,el alcoholismo crónico y su muerte de leucemia fueran minucias.

Probablemente se divertiría y limpiaría el culo con las broncas montadas alrededor de uno de los poemas que aparecen en Sifting Through the Madness for the Word, the Line, the Way.

So you want to be a writer (ver original)

Si no surge estallando de ti, a pesar de todo, no lo hagas.
A menos que surja sin pedirlo de tu corazón tu mente y tu boca y tus entrañas, no lo hagas.
Si debes sentarte durante horas contemplando la pantalla de tu ordenador o agazapado sobre tu máquina de escribir buscando palabras, no lo hagas.
Si lo haces por dinero o fama, no lo hagas.
Si lo haces porque quieres llevarte mujeres a la cama, no lo hagas.
Si tienes que sentarte y reescribir una y otra vez, no lo hagas.
Si te cuesta trabajo siquiera pensar en ello, no lo hagas.
Si tratas de escribir como alguien, olvídalo.

Si debes esperar a que ruja de ti, entonces espera pacientemente.
Si nunca ruge, entonces haz otra cosa.

Si primero tienes que leérselo a tu mujer, a tu novia o tu novio, a tus padres o a alguien, entonces no estás listo.

No seas como tantos escritores, no seas como miles de personas que se hacen llamar escritores, no seas soso y aburrido y pretencioso, que no te consuma tu amor propio.
Las librerías del mundo han bostezado hasta dormirse con los de tu especie.
No añadas más.
No lo hagas.
A menos que surja de tu alma como un misil, a menos que quedarte quieto te lleve a la locura, al suicidio o al asesinato, no lo hagas.
A menos que el sol en tu interior te queme las entrañas, no lo hagas.

Cuando sea el momento, y si has sido elegido, lo hará por si mismo y lo seguirá haciendo hasta que mueras o muera.

No hay otra forma.

Y nunca la hubo.

Este texto posee la etiqueta de descorazonador. En conversaciones de Internet o en la vida real, las opiniones tienden a tacharlo de insultante, de presuntuoso, de cualquier adjetivo negativo gracias a su tono impositivamente vehemente. Luego estoy yo, que quizá peco de optimista y de llevar la contraria a partes iguales, y siempre leí un mensaje en una línea alternativa a la supuesta pureza literaria. Algo más similar a una arenga ruda, a súplica velada por la retórica contundente de Bukowski.

El poema en bloque empuja a escribir en una explosión temperamental. Y coincido en cierta medida. ¿Difiere eso del eslogan del site y la filosofía que predico? No exactamente.
Creo es mejor escribir cada día, incluso en aquellos densos en que te abate la idea de colocar las manos en el teclado. También sostengo hacerlo con el puñado de ganas apretándote en la boca del estómago; a seguir tecleando mientras aguardas pacientemente el rugido de un texto que, finalmente, encaje en tu cabeza. Porque aunque en los arranques de inspiración es más sencillo plasmar un relato, disponer de las herramientas narrativas adquiridas por la práctica facilita el trance, pues jamás logramos transcribir las palabras precisas que habita nuestra mente; podemos acercarnos, escoger los rasgos importantes, imitar su desarrollo, pero nunca clavaremos el flujo de una idea alucinante.

Por otro lado, se apela directamente a la propia seguridad. Es común encontrar el consejo de circular nuestras creaciones a conocidos con criterio, y está bien para asumir debilidades o incertidumbres. El mensaje base anima, sin embargo, a prescindir de eso. A creer en tus palabras por encima de vistazos externos, adueñarte de tus flaquezas sin demasiados aspavientos y dejar de sonrojarte cuando te presentes como escritor.

Al personal le trastoca la virulencia tratando la pureza de la intención del acto de escribir. Especialmente esa segunda mitad del poema que azuza al censor interno de cada uno y le proporciona la artillería suficiente para dinamitar la confianza en uno mismo. E igual me equivoco, pero ahí está la gracia: si a pesar del tono, si a través de esa invitación al suicidio literario aún quieres escribir, entonces escribe.

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