Allá donde la musa duerme

enero 9, 2013 Comentarios desactivados en Allá donde la musa duerme

Musa

(Photo credit: Luz Adriana Villa A.)

El estado creativo, el modo abierto, trance, inspiración. Son los nombres de esa disposición, nociva para unos y la máxima expresión de la concentración para otros. En cualquier caso, lo cierto es que existen sitios donde encontrar ese punto desatascador de neuronas. Como cada cuál tiene sus preferencias, ahí van sitios y situaciones que me proporcionan visitas de las musas y brainfarts ingeniosos.

Pocos lugares me vuelven más productivo que los hoteles. Es muy probable que el mero hecho de viajar tenga la culpa y me predisponga a hilar palabras y parir ideas con mayor facilidad, aunque es con la habitación acondicionada, en mitad de la quietud y el silencio estanco, cuando me siento cómodo y comienzo a garabatear.

No olvidemos que todo trayecto parte y lleva a algún lado. Las estaciones llenas de personas, vidas a medio contar, miradas y gestos, eslabones de una cadena hasta un relato, un retazo o un personaje a explorar. Son lugares altamente efectivos en recordarte que existen más prismas en el mundo. Ayudan a pensar en cómo enfocarían los presentes una situación que se te atraganta. Además, en mi caso, las conexiones viran según la el entorno: los espacios diáfanos de los aeropuertos suelen provocarme lluvias de ideas, mientras los andenes de autocar y tren me empujan a historias en primera y tercera persona respectivamente.

Diría que me resulta sencillo crear en los trayectos. Desafortunadamente, soy de los que hiberna en cuanto reposa su culo en el asiento. Cosas del traqueteo, supongo. Si permanezco despierto ojeo por la ventanilla de un avión en el despegue o el aterrizaje, poco más (en serio, el ronroneo de un motor me noquea).

Pasear y correr por una ciudad propicia trenes de pensamiento sobre temas o estructuras más que historias o ideas creativas como tales. Igual es porque rara es la vez que me muevo sin un destino claro aún callejeando, la habitual cantidad de estímulos excesivos, la gente corriendo alrededor, o que la actividad física estimula la concentración. Sí sé, al cambio, que en cuanto piso el freno o llego a casa, me resulta más sencillo funcionar en lo imaginativo.

Sin embargo, no todo es tan conveniente. Hay dos ratos que me sorprenden a menudo: lavarme los dientes y la ducha. Si algo no encaja, las dos opciones me permiten tomar distancia o, más fascinante todavía, fabricar una idea aleatoria y allí estoy, sin poder anotar, repitiéndome de qué va hasta que consiga plasmarla.

Si tuviera que elegir uno, el mejor instante de inspiración sería la duermevela a punto de caer dormido o recién despierto. Cuando sabes que cualquier ocurrencia genial que pienses se disipará en una nube si no la acotas bien, incluso si tardas en levantarte más allá de ese mismo segundo a por una libreta.

Pensar en tu carburación mental te permite entender que si extravías una idea podrás encontrarla mañana o en otro momento. O quizás nunca, seamos sinceros, aunque eventualmente halles otras y, desde luego, no pierdes nada por probar.

Define tus ratos. Anota la fecha y el lugar en el que te asaltó una idea. Descubre qué cosas te inspiran y curiosearás en herramientas que sabías que tenias pero a las que jamás les prestaste atención.

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