Historias relámpago y microcuentos

enero 14, 2013 Comentarios desactivados en Historias relámpago y microcuentos

Se vende

Las historias relámpago son joyas literarias infravaloradas. Se tiene la idea equivocada de que como estos microcuentos sólo son frases, no valen mucho. Error: es todo lo contrario.

Fui abuelo durante 46 días. Habla de orgullo parental y de pérdida. Lo hace en pasado; quien pronuncie esas palabras está más allá de la fase de shock. Sin embargo, que especifique los 46 días señala una porción de tiempo ínfima, pero tan importante que no puede menos que resaltarla al máximo detalle. Por último, el tono monocorde, tenso, parco, permite que cada cuál lo enuncie a su manera con su voz interior. Fui abuelo durante 46 días.

Se vende: zapatos infantiles. Sin usar. De nuevo el vacío, un anuncio en este caso. No es necesario condensarlo todo en una sola frase. Si son varias con un tamaño similar, también valen. Unos patucos buscan pies que los calcen. El lector rellena el silencio con sus vivencias o sus miedos y el resultado es demoledor.

Que en un puñado de palabras tengamos dos narraciones tristes relacionadas con infantes es una casualidad. A medias.

El último hombre sobre la tierra estaba sentado solo en la habitación. Hubo un golpe en la puerta…, de Fredric Brown. es más de lo mismo: despertar la fantasía acudiendo a los actos reflejos de las profundidades mentales.

Quizá no te sorprenda comentando que el ser humano es masoquista por naturaleza. Lo dejaremos en un vestigio de lucha por la supervivencia. Ante un depredador, era más lógico correr al imaginar una carnicería que pensar en adoptar una nueva mascota. Ahora somos los depredadores, seguimos presuponiendo que un gato recién encontrado estaría por la labor de lanzarnos un zarpazo. Las emociones y pensamientos positivos se opacan rápidamente y requieren de cierta predisposición mientras que aquellos devastadores cuestan tiempo y energía en cantidades industriales incluso cuando aparecen inesperadamente. Probablemente el gato sea una criatura amabilísi… no, esos felinos son vástagos del Averno; acércate con cautela.

La inmensa mayoría de los relatos de una frase (o pocas y muy cortas) recurren a estimular estados anímicos ominosos. La ausencia de información y ubicación dispara la imaginación. Azúzala con un conflicto, un peligro o un panorama pesimista y el lector caerá en el pozo. Sabiendo esto, la ficción relámpago se subestima por encasillarse historias usualmente depresivas. Por eso a mí me gusta el cuento de Monterroso: Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Los microcuentos sirven para aprender un buen puñado de reglas fundamentales. Son frases que cargan los hombros de objetos concretos, incluso si apenas son descritos, convirtiéndolos en personajes activos capaces de mover argumentos.
Unos dibujados por el propio lector apuntado al punto álgido que nunca se explica o cuenta: mantener los zapatos es tontería si ya no hay niño, tampoco nieto desde hace 46 días, algo o alguien tuvo que golpear la puerta, a saber qué hacía durmiendo y a santo de qué el dinosaurio.
El por qué se venden los patucos, qué pasó mes y medio atrás, qué o quién golpeó la puerta o cómo llegó el dinosaurio hasta allí es irrelevante porque se convierte en un trasfondo accesorio, sobrante.

Y aunque ocasionalmente nos saltemos alguna de estas directrices, bien acotan qué elementos es mejor mostrar en un texto, incluso enfrascados en el proceso de edición.

Curiosea más microcuentos —en inglés, eso sí—: One Sentence.

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