¿Cómo barrunto?

enero 17, 2013 Comentarios desactivados en ¿Cómo barrunto?

On creativity

(Photo credit: Bohman)

En el plazo de una semana, varias personas me preguntan lo mismo respecto a Barruntando in the Morning: ¿Cómo tienes la cabeza tan rot… inventas esas historias?

En Twitter respondí:

No sé por qué se me ocurren. Inspiración no es, seguro. Juego, trasteo con un par de conceptos hasta que hacen clic. A veces encajan rápido, a veces no. El resto es rellenar los espacios buscando que cuajen, tratando de no frenar. Lo que sí sé es que es infinitamente más fácil recién despierto o antes de dormir, cuando operas a medio (o nulo) gas.

Siempre imaginé el cerebro como una caja de juguetes que acumula cuanto experimentamos. Una en la que se guardan miles de referencias encadenadas y enmarañadas las unas con las otras, con las que jugar a crear un argumento. Sacas de la caja un trasto y resulta que está enredado con otros, así que estiras de uno y salen aquellos con los que está unido y los enfrentas en aventuras de vaqueros contra indios, rescates in extremis de compañeros malheridos o lo que diantres sea.

Para llegar a esos objetos necesitas saber dónde encontrarlos. Reconozco ser un poco perezoso, así que busco algo determinado: un tema, un personaje o una escena que ayude a tirar del hilo dentro de mi caja particular. Igual rebusco un par de palabras en un diccionario, reviso los tweet de algún factoide, le doy vueltas a una situación cotidiana sin resolver, me zambullo en una galería de fotos o acudo a una de mis libretas.

Escudriño por piezas concretas por dos razones: la primera es que un argumento interesante por la mañana puede ser menos estimulante que un guijarro por la noche y viceversa; la segunda es que la gracia de barruntar reside en improvisar.

Me es más sencillo inventar recién despierto o cuando me ataca el sueño, antes de que se me cierren los ojos. Imagino que entonces la caja aguarda entreabierta, con el inconsciente a flor de piel y mi crítico interno holgazanea. Si tengo el día apretado trato de meditar. Digo trato porque oscilo de la incapacidad de acallar la mente a caer dormido cual tronco, pero en silencio y respirando hondo, alcanzo un punto similar al duermevela en que los pensamientos vienen y van. En ese vaivén, casi siempre, aparece una idea.

Y empezar a desbarrar aún puede costarme un rato. Si después de una hora sigo parado, busco nuevas conexiones hablando con amigos, viendo una serie, leyendo. Durante ese lapso disperso resalto palabras; cuando alguna se afinca entre sien y sien, abro el editor de texto y me lío a teclear.

Fíjate que evito mentar la inspiración. Cada día creo menos en ese ente invisible que anima caprichosamente. Sospecho que es una combinación entre concentración, pensar en un lector determinado y una cóctel hormonal; como enamorarse o deprimirse en la resaca. Con tanto factor de por medio, esperar la musa de brazos cruzados se me antoja estúpido. Es más: aunque da igual en estos cortos, las descargas inspiradas son una explosión creativa espectacular que obliga a un mayor editado después.

Mis historias nacen de un proceso mecánico, de un trabajo, más que de un cliché imaginativo. Da por sentado que hay días que no salen las palabras. Jornadas en que ni asoman, fluyen como el cieno, se cuelan de tapadillo entre los diferentes proyectos o se dedican a mis causas personales.

Sea como fuere, con el tiempo corroboré que la facilidad de un clic depende de cuánto practico, de acunar unas pocas ideas hasta que encajan en mi cabeza y dejarme llevar en una sucesión más o menos dinámica de eventos al final de setecientas cincuenta palabras. Diré más: estoy convencido de que sucede exactamente lo mismo en cualquier otra disciplina.

Fuera de eso, sólo espero que aún a sabiendas de que los barruntes son sólo bocetos, garabatos mentales, sean más los días que te gusten que los días que no.

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