John Cleese: la creatividad (y III)

enero 22, 2013 Comentarios desactivados en John Cleese: la creatividad (y III)

Vaya por delante que mi visión es muy cercana a la del ex-Monty Python, no afirmé constantemente durante media hora larga por nada. Una de las razones por las que la creatividad se considera una forma de talento es porque hablar sobre serlo es fácil, pero serlo es la parte difícil. Es un proceso personal que cada cual vive a su manera, por mucho que esa frase suene estúpida. No obstante, sí existe un punto común universal: la creatividad conecta diferentes conceptos u objetos, llegando a nuevos resultados y superando un obstáculo.

Y el primer escollo a vencer es, precisamente, el que supone uno mismo. Constantemente.

La presión de ideas preconcebidas, los límites impuestos por la educación y el decoro, el qué dirán, el temor a herir o ser herido, la vergüenza, la admisión de errores, las experiencias humillantes. A la hora de jugar con ellas y escribirlas, se convierten en piedras incrustadas en los pliegues del cerebro. Tu hilo de pensamiento llega a una de esas vivencias y se atranca, huyendo del dolor o el miedo al juicio ajeno, o se ralentiza, rodeando los puntos delicados con cautela de gato callejero.

La solución consta de diferentes fases, aunque el proceso sea similar en todas las personas: identificas qué te reconcome, le restas importancia, lo aceptas como un material más y juegas con ello. Simplifico, sí, pero ya divagaremos en otros posts.

El caso es que, una vez enfrentados los escollos, empiezan a surgir las cosas interesantes y a salir de tu zona de confort. Pisas nuevos sitios en tu interior y abordas temáticas intimidantes, descubres herramientas a incorporar en tu arsenal a medida que exploras áreas desconocidas de tu ingenio… y creas. Los resultados pueden ser catárticos, divertidos, dolorosos, poderosos, profundos o simples juegos de palabras, y siempre paso más allá de tus límites.

Para eso, lo primordial es dejar de tomarse todo tan en serio. Y la mejor manera que sé es conseguir el tiempo necesario para relajarse y relativizar. O, como lo llama Cleese, el inicio del modo abierto. Acceder a ese estado requiere un rato en el que bajar la velocidad mental primero, enfocarnos en qué queremos solucionar después, y jugar y anotar las ideas que ocurran, por marcianas que sean.

Es un rato muy íntimo, incluso operando en equipo, en el que las distracciones dinamitan los hilos de pensamiento, de ahí la importancia de un entorno alejado de lo cotidiano y sus continuas decisiones a salto de mata. Como proceso íntimo que es, la clave reside en acondicionarlo a nuestro gusto, que en mi caso es silencioso, tranquilo, libre de tentaciones, o lo que es lo mismo: de Internet, teléfonos y personas. Eso es el oasis de Cleese, un sitio en el que jugar con ideas, sin limitaciones ni juicios de nadie; ni siquiera los nuestros.

Al adoptar el hábito en tu vida facilitarás concentrarte hasta un punto casi automático y resultará más cómodo manejar la vergüenza y el miedo cuando los encuentres por accidente o al agotarse las ideas comunes. Incluso si no publicas las creaciones que salgan de esos encontronazos, trátalas como importantes. Aunque no les sueltes la correa, son productos nacidos de enfrentarte a ti mismo y eso ya es liberador.

En esa liberación duerme la confianza en tu capacidad de sobreponerte a errar o ridiculizarte, en esa capacidad reside abandonar prejuicios y cadenas mentales para jugar, en ese juego moran las nuevas ideas y retos. Tu creatividad aumentará, lenta, pero segura, a medida que expandas tu zona de confort, gracias a tu oasis.

Que es, a fin de cuentas, de lo que trata esto de ser humano.

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