Personajes odiados, personajes amados

febrero 1, 2013 Comentarios desactivados en Personajes odiados, personajes amados

pulserasrojas

El lunes mantuve una discusión muy fuerte con mis primas viendo Polseres Vermelles. Bueno, fue una arremetida inclemente contra un personaje y consideré que, cito textualmente, “hay encarnaciones del Mal, como Damien, Norman Bates y Marisol. Cristina es la encarnación del Pavo”. Añadí formas creativas de acabar con ella, lo confieso, pero no tengo nada en contra de Joana Vilapuig, conste.

Salvo los espontáneos de un par de líneas, siempre creí que los personajes deben conseguir dos objetivos: transportar una acción y emocionar en alguna dirección. Lo primero es sencillo mientras mantengas el movimiento o brindes información al lector, pero lo segundo… ¡Ay, lo segundo!

Vamos a aclarar una cosa: da igual de en qué terreno se mueva el personaje. Sea de novela, película, serie, obra de teatro o videojuego, quiero que me transmita algo.

Rara vez espero eso de los protagonistas. Incluso los antihéroes suelen estar encorsetados dentro de patrones arquetípicos muy concretos a los que, sospecho, nos acostumbramos. Lo cierto es que, con la sobreexposición a protagonistas de las últimas décadas, se me antoja cada vez más difícil sorprender a lectores, espectadores o jugadores. Y si esto es nocivo o no, es harina de otro costal.

El peso de los secundarios, en cambio, reside en sus funciones catalizadoras. Ponen en bandeja de plata la transformación de la historia y de las estrellas del tinglado, metas y conflictos mediante. Así, con un cometido acotado o por ser potencialmente prescindibles, los secundarios resultan figuras de carácter más atractivo tanto para el autor, quien disfruta sus presencias más o menos fugaces, como para el lector, a quien proporcionan bocanadas de aire fresco. Libres de los corsés temperamentales de los protagonistas, son personajes más mimados y torturados. Sólo tienes que pensar cuántos personajes principales y secundarios te emocionaron.

Más aún: aborrezco los trasfondos. Considero que un personaje es bueno o malo por lo que diga o haga en el momento, independientemente de su pasado. Ni tú ni yo preguntamos por ahí qué es de la vida de la gente sin venir a cuento, ni me gusta que un personaje suelte el rollo durante dos minutos acerca de un pasado turbio del que se reformó. Pues vale, se enmendó. ¿Y qué? Si nada de lo que cuenta trascenderá a los acontecimientos actuales o futuros consume un tiempo precioso que podría usarse en saber adonde va la historia.

Dicho esto, si encuentro un personaje tan grimoso que no lo tocaría ni con un palo, tan espontáneo que dibuja una sonrisa cómplice en mi cara, tan entrañable que me arranca carcajadas, tan torpe que me encojo de vergüenza ajena, tan oscuro que me obliga a recordar que tengo funciones respiratorias suspendidas de pura tensión, o tan odioso que ojalá lo abrieran en canal y expusieran su cadáver en la plaza del pueblo, considero que es un buen personaje. Puede que mejor o peor aprovechado, puede que más o menos efectivo en su cometido de ayudar o dificultar la consecución de un objetivo, pero uno que habrá merecido la pena el rato que le haya leído, escuchado, observado o jugado.

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