Write drunk; edit sober

febrero 4, 2013 Comentarios desactivados en Write drunk; edit sober

La semana pasada hablé del Buddy System. De la importancia de tener una persona con que convertir los pequeños accesos de pánico y paranoia literaria en una actitud más fructífera y útil. Quizá fue eso que denominan sincronía, pero este fin de semana estaba particularmente disperso cuando recibí una llamada de teléfono.

Uno de mis amigos es lo más parecido a un compañero de improvisación. Si inicio un hilo de pensamiento de aire jocoso, él recoge el testigo y lo retuerce; lo empeoro dejándolo irreconocible y se lo devuelvo; se regodea en un mar de dramas y comedias con el material y de ese toma y daca, en ocasiones, queda un pastel interesante.

Así, por ejemplo, llegamos a broncas carentes de fundamento en mitad de la Diagonal. Un logro si contamos que, dejando al margen que dos treintañeros son mayorcitos para imbecilidades semejantes, en realidad somos unos tipos muy tranquilos y tímidos. La clase de interacciones que demuestran que la vergüenza, a pesar de ser castrante creativamente hablando, se pierde fácilmente jugando con alguien de confianza.

En los últimos seis meses pensamos una suerte de maratón. Una prueba extrema en la línea del 3 Day Novel Contest, que implicara muchas horas seguidas de escritura e improvisación. Barajamos que cada uno llevara adelante su relato, proponernos retos mutuos constantemente, molestarnos o recluirnos bajo el mismo techo compartiendo sólo descansos para comer.

Como los mejores planes, surgió entre un par de pintas de cerveza. “¿Y si hacemos una intentona esta noche?”, propuso mi amigo. “Algo corto, unas cuatro o cinco horas a lo sumo; probemos a ver qué tal va”. Por un instante casi declino. A decir verdad, me atraía más bien poco. Dediqué la semana pasada a la obra de teatro y tuvo la consistencia de un puré; consideraba cubierta mi cuota. Antes de continuar el descenso por ese hilo de pensamiento, acepté. Si no escribimos incluso cuando no nos apetece, no lo haríamos en la vida.

Perfilamos las reglas de esa sesión mientras cenábamos. Nos ceñiríamos a un tema, respetando una persona narrativa, ambientándonos en un mundo establecido, con una cantidad prefijada de personajes. En tandas de cuarenta y cinco minutos, usaríamos diez palabras aleatorias del diccionario y, tras cada parón, retomaríamos el texto del otro.

En aproximadamente siete horas parimos veintiocho páginas de una carta de amor escrita en algún punto de la alta edad media y una historia naval intergaláctica a base de fragmentos de diario.

No sé si nombraremos estas sesiones de alguna manera. El eslogan que mejor encaja es aquella frase de Hemingway, write drunk; edit sober, especialmente en las últimas tandas, muertos de sueño y tocados por el whisky. Ignoro qué será de esos textos, si los abriremos al público, si empezaremos una iniciativa mensual, si dejaremos que más personas se sumen al carro de forma presencial o arrancaremos virtualmente.

Sí sé, en cambio, que tener un buddy no siempre va de hablar, ni de beber, y siempre va de reventar inhibiciones y darle la vuelta a las cosas. Incluso a los días más desangelados.

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