Si bebes, no conduzc… ¡Escribe!

febrero 5, 2013 Comentarios desactivados en Si bebes, no conduzc… ¡Escribe!

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(Photo credit: Wikipedia)

Este post no va de alentar a emborracharse como una rata. Cualquier responsabilidad sobre cómo, cuánto y por qué bebes es cosa tuya, a mí no me mires.

“Write drunk; edit sober”. Autores famosos que se intoxican al escribir hay a porrones; desconocidos que hagan lo propio, también. De hecho, probablemente sea el cliché más quemado de la historia. Una botella de whisky, un cenicero lleno de colillas, un paquete de tabaco medio vacío con un par de filtros sacados. Y podríamos añadirle el brillo rojizo de la benzedrina en los ojos de los beatniks o abusando de antidepresivos en la actualidad.

¿Qué empuja a alguien a escribir bajo efectos adversos? ¿Es que acaso resulta imposible crear en un estado saludable?

Al margen de la manera de trabajar con las palabras, que un texto resida en tu memoria más de quince minutos depende de que toque la fibra o sea útil y suene a libre. Miedo, esperanza, vergüenza y valor son caras de los mensajes que recibes a diario. Antes de pretender tocar las fibras de nadie, debes tocar las tuyas. Lo que implica romper barreras, bajar al sótano de tus aprensiones y bochornos.

Meditación, practicar otras disciplinas, depurar hábitos de vida que te sitúen en estados de ánimo tranquilos y estables desde los que ponerte manos a la obra. Esas actividades requieren tiempo, no un par de horas, sino días y meses. Y, entre tú y yo, es ese rollito muy New Age y hippie que antaño se solventaba con un “déjate de pamplinas y dame bourbon”.

Aunque es es inviable escribir ebrios como cosacos, más allá del dolor de cabeza y la somnolencia, es una tarea particularmente fructífera en el estado previo. Para empezar, la impulsividad permite arriesgarse a acometer cualquier tipo de reto. Da igual si tendremos que rasgarnos las vestiduras admitiendo culpas o vergüenzas, o nuestro cometido es narrar una epopeya misantrópica. Simplemente lo creemos plausible. Más aún: puestos a ensuciarnos, la ausencia de inhibición nos otorga distancia y perspectivas audaces respecto a temas controvertidos.

Libre de ataduras, la escritura en ese estado alterado gana en celeridad y en ritmo. Es muy parecido a dejarse llevar por el tren de pensamiento, beneficiando tu claridad de voz en el trayecto. Más que dejarse llevar por el tren, es tratar de colocarle las vías mientras se acerca, evitar el descarrilamiento.

Eso sí, por bonito que parezca, no estaremos exentos de contrapartidas. La velocidad y osadía adquirida tienen un precio pagado en carencia de signos de puntuación, en una evidente reducción de vocabulario básico y una proclividad hacia las faltas ortográficas, sintácticas y gramaticales e incluso agujeros o reiteraciones argumentales.

Sospecho que muchos de esos errores se evitan a medida que entrenemos nuestros músculos literarios día a día. Del mismo modo que no olvidas qué pronuncias, ni cómo montas las frases con las que hablas cotidianamente, durante el estado etílico no se evaporan porque sí. Dentro del umbral adecuado, el alcohol entorpece, pero no drena quién eres. Ahora, si ya es un exceso de ilusión esperar escribir mejor en una borrachera, más lo es pretender que el ritmo frenético destape un diablo en tu interior que saque palabras habitualmente desconocidas.

Quizá lo que escribas en noches regadas con vino, cerveza o whisky apenas merezca la pena técnicamente. Es posible que ni siquiera la edición salve de la quema esas páginas. Aunque sí puedo asegurarte que no te arrepentirás de intentarlo. Salvo por la resaca, claro.

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