Fragmento de Ulises leído por James Joyce

febrero 11, 2013 § 2 comentarios

Escuchar a un autor leer su obra es escuchar algo casi sagrado. James Joyce memorizó este pasaje, del capítulo del Eolo, expresamente para la grabación a causa de sus cataratas.

Disfruta.

(Encontrarás la transcripción original en el vídeo y en MentalFloss)

Comenzó:

— Sr. Presidente, damas y caballeros: Grande fue mi admiración al escuchar las consideraciones dirigidas a la juventud de Irlanda hace un momento por mi ilustrado amigo. Me sentí transportado a un país muy lejos de este país, a una época remota de esta época, como si me hallara en el antiguo Egipto y escuchara el discurso de algún sumo sacerdote de aquella tierra dirigiéndose al joven Moisés.

Sus oyentes mantuvieron los cigarrillos suspendidos para escuchar, los humos ascendiendo en frágiles tallos que florecían con el discurso. Y deja que nuestros humos sinuosos. Nobles palabras vienen ahora. Alerta. ¿Podrías intentarlo tú ahora?

— Y me pareció que oía la voz de aquel sumo sacerdote egipcio elevándose hasta un tono idéntico de arrogancia y de orgullo. Oía sus palabras y su sentido me fue revelado.

DE LOS PADRES DE LA IGLESIA

Me fue revelado que aquellas cosas son buenas que no obstante están infectas las cuales si no fueran infinitamente buenas o de no ser que fueran buenas podrían estar infectas. ¡Ay, maldito seas! Eso es de San Agustín.

— ¿Por qué no aceptáis vosotros los judíos nuestra cultura, nuestra religión y nuestra lengua? Sois una tribu de pastores nómadas: nosotros un pueblo poderoso. Vosotros no tenéis ciudades ni riquezas: nuestras ciudades son centros de humanidad y nuestras galeras, trirremes y cuadrirremes, cargadas con todo tipo de mercaderías surcan los mares del mundo conocido. Vosotros acabáis de emerger de unas condiciones primitivas: nosotros tenemos una literatura, un sacerdocio, una historia centenaria y una forma de gobierno.

Nilo.

Niño, hombre, efigie.

A las orillas del Nilo las nenemarías se arrodillan, cuna de eneas: un hombre diestro en combate: petrastado, petribarbudo, corazón de piedra.

— Vosotros rezáis a un ídolo oscuro y local: nuestros templos, suntuosos y misteriosos, son las moradas de Isis y Osiris, de Horus y de Ammón Ra. De vosotros es la esclavitud, el temor y la sumisión: de nosotros el trueno y los mares. Israel es débil y pocos son sus hijos: Egipto es una hueste y terribles son sus armas. Vagabundos y braceros se os llama: el mundo tiembla ante nuestro nombre.

Un silencioso eructo de hambre quebró su discurso. Levantó la voz sobre el mismo audazmente:

Pero, damas y caballeros, si el joven Moisés hubiera escuchado y aceptado ese modo de ver la vida, si hubiera doblegado la cabeza y doblegado la voluntad y doblegado el espíritu ante aquella arrogante admonición nunca hubiera sacado al pueblo elegido de la casa de servidumbre, ni seguido la columna de nube por el día. Nunca habría hablado con el Eterno en medio de relámpagos en la cumbre del Monte Sinaí ni habría nunca bajado con la luz de la inspiración fulgurando en su rostro y portando en los brazos las tablas de la ley, grabadas en la lengua del proscrito.

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