Clichés: el problema de aparcar rápido

marzo 13, 2013 Comentarios desactivados en Clichés: el problema de aparcar rápido

Digital clock built into a standard ISO-Container

(Photo credit: Wikipedia)

Seguro que has leído una lista de particularidades de películas, como que siempre hay donde aparcar o que nadie se despide por teléfono, en una cadena de correos o página de humor. Es una de las miles de chorradas que circulan por Internet pero¿te has planteado alguna vez por qué existe esa lista?

Pongamos una escena. El protagonista recibe una llamada: tiene quince minutos antes de que una bomba vuele un orfanato. Coge un coche —presumiblemente el suyo, pero puede robar el primero que pase—, conduce a través de la ciudad, frena frente al edificio, entra y topa con un reloj digital de números rojos. Los explosivos estallarán en cuarenta segundos.

Piensa qué sucede cuando llegas en coche a cualquier lado. Incluso yo, que no conduzco porque si no llevaría años preso, sé que encontrar aparcamiento delante de la puerta es privilegio reservado a una persona entre un millón. El resto de los mortales constata que es prácticamente imposible, aunque sean orgullosos propietarios de un Smart. No sólo eso; deben darse un par de vueltas a esa manzana y las de alrededor antes de vislumbrar un espacio suficiente para 29 maniobras (32 por la presión de la contrarreloj), por lo que no sería extraño que al final decidiéramos aparcar en plaza azul o parking, sacar ticket y etcétera.

Si leyéramos o visionáramos la búsqueda de estacionamiento, seríamos víctimas del aburrimiento cotidiano de cualquier conductor, sin olvidar que cuando el personaje en cuestión llegara al asilo sólo quedaría un boquete inmenso, una nube de humo densa como un puré de sesos y una peste insoportable a niño frito.

¿Y si el protagonista pide un taxi en vez de coger un (su) coche? Le espera en el portal de su casa, atraviesa la ciudad saltándose los semáforos, frena frente al edificio, el estresado protagonista tira un billete sin mirar, entra y topa con un reloj digital de números rojos. Los explosivos estallarán en cuarenta segundos.

Suponiendo que fuéramos el héroe en cuestión y encontráramos un tarado que aceptara volar a través de la urbe, la única manera de dejar el vehículo al llegar es preparando un fajo de antemano. Decirle al lector o espectador que “alarga el dinero” así porque sí es arriesgado; suena a que se lo saca de la manga, sea o no la cantidad exacta, como recrimina la lista. Además, deberíamos mostrar la atención al taxímetro, al entorno, rebuscando en la cartera, contando, pagando… La clase de cosas que a nadie importan cuando hay niños a punto de salir por los aires.

El taxi, el coche, el aparcamiento y el pago al conductor son artificios que informan cómo el personaje llega a destino. A menos que ocurra algo durante el trayecto, usar una de esas herramientas es suficiente. Ese es el quid: fueron tan explotadas y chirrían tanto mostrando qué sucede, que esas acciones concebidas como cortinillas discretas se convirtieron en distracciones accesorias.

¿Entonces cortamos de un tipo recibiendo una llamada a que se debata entre el cable rojo o el azul a falta de cuarenta segundos? Pues tampoco. Es necesaria una transición para construir la tensión de un momento a otro; si la carrera sólo es un recorrido, óbviala; si no, cambia de capítulo o haz que el hombre entre el orfanato ordenando evacuar al personal antes de que descienda al sótano y encuentre las cargas detonadoras. El lector y el espectador entenderán que atravesó la ciudad y construirás mejor tensión que si pierdes treinta segundos o un párrafo aparcando milagrosamente o atragantando a un taxista con un billete que ni valdrá la carrera, ni decenas de inocentes vidas infantiles, ni que tu relato sea parte de una estúpida lista de clichés.

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