La insignia del Pterodáctilo

marzo 26, 2013 Comentarios desactivados en La insignia del Pterodáctilo

Skeleton of a Pterodactyl

(Photo credit: Wikipedia)

El día que olvidé escribir, fue cuando más tecleé.

Alguna vez te he hablado de 750words y su sistema de página en blanco y un contador verde que recoge estadísticas según escribes, como el número de palabras por minuto y las interrupciones; todo privado. Esos datos motivan para teclear rápido y sin distracciones con el único propósito de darte un rato al día en que rompas barreras creativas y pulses al hilo de tu pensamiento.

Otra manera de apremiar son las insignias de retratos de animales, una cuestión estética que no marca diferencia alguna, pero brinda una referencia visual acerca de tu hábito de uso. Por ejemplo, tras cinco días seguidos, consigues el pingüino; a los cien un fénix, a los doscientos un pterodáctilo, al año un pegaso y si encadenas quinientas jornadas un pájaro espacial. Por escribir a horas concretas, no interrumpirte en absoluto, según palabras acumuladas desde tu registro, incluso por participar en el reto comunitario de escribir un mes entero, tanto si ganas como si pierdes, logras un recordatorio. Todo tiene su insignia.

750words permite contactar con tu subconsciente y dejarte llevar si careces de una historia pensada, y a menudo surgen frases que condensan ideas que no conseguías formular. Pero es que en esto de escribir no hay mucho más: escribes para crear o escribes para aclarar —o aclararte—, punto.

Por eso me resulta nocivo el concepto de cantidad de palabras. Según de cuántas esté compuesto, un texto es relato, cuento, novela corta, novela, libro de Ken Follet o Biblia. Peor aún cuando hablamos de guión, con sus cánones mandando que el primer instigador de conflicto caiga sobre la página 17, que el clímax se abra allá por la 60, que el nudo contenga al menos el doble de folios que el planteamiento y el desenlace…

Pero el mundo no gira a mi antojo y las matemáticas reinan las constantes naturales, desde gustarnos aquello que respete la proporción áurea al milagro tecnológico de ser mi lector, y a la hora de redactar se me atragantan. Las cifras son una losa cuando las palabras no fluyen, especialmente al acercarse la fecha de entrega. Y de ahí a la procrastinación hay un paso.

¿Qué le voy a hacer? Siempre consideré más productivas las tandas de tiempo. Trato de articular “voy a escribir” como un “voy a pasármelo bien durante un rato” y no un “tengo que llegar a tantas páginas”; realizo sprints o apretones aunque programe el reloj de cocina para sonar en treinta minutos. Esa diferencia semántica cambia drásticamente la percepción de mi trabajo. Gracias a ella, pico tecla a ritmo frenético de jazz y funk desde hace unos días. Escribir y escribir sin darle tregua a la pereza y terminar el primer borrador, echando el resto y evitando el pulso acelerado y la imaginación agarrotada del último día.

Y me está funcionando. Lo sé porque mi Feedly está lleno de RSS sin leer, la bandeja de correo a rebosar y, por encima de todo, lo sé porque ayer no escribí en 750words y me quedé sin el puto pterodáctilo tras 198 días de racha.

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