¡Pregunta a tus personajes!

abril 15, 2013 Comentarios desactivados en ¡Pregunta a tus personajes!

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(Photo credit: anieto2k)

Todas las historias son un cúmulo de situaciones encadenadas y los motores de las mismas, además de tus palabras, son los protagonistas. Si ellos fallan, cuentas en lugar de mostrar y la fuerza del relato se licua. Así de sencillo y así de complicado.

Sean principales o secundarios, desarróllalos bien. Incluso esos espontáneos que aparecen, sueltan una línea de diálogo y se esfuman requieren de cierto cuerpo y solidez. Por eso, si sospechas que un personaje cojea, pregúntale:

¿Qué quieres?
Kurt Vonnegut decía que los personajes deben querer algo, aunque sea un vaso de agua, porque ayuda al lector a identificarse con ellos. El frutero al que tu protagonista saluda cada mañana gana volumen si sospecha que alguien le roba. Piensa en las motivaciones de su ladrón. Es más: aún invisible, ese pícaro podría ser pieza fundamental de una trama paralela a partir la suspicacia del tendero y ser relevante en el futuro.

¿Cuál es tu voz?
Todos hablamos diferente. Incluso los gemelos más afines se distinguen porque sus visiones del mundo divergen. Los diálogos enseñan al lector cómo el personaje percibe su entorno y desvelan porciones de la historia. Y curiosamente lo segundo tiende a comerse lo primero. Si tu vecina cotilla cuenta que “detonó un artefacto explosivo en la zona céntrica de la ciudad poco después de las doce del mediodía”, le sale traje y corbata y se convierte en el presentador del telediario.

¿Puedo verte?
Piensa por un instante en términos de cuento e imagina un caballero, una princesa y un rey. ¿Ya? Sencillo, ¿verdad? La cultura popular machaca esos arquetipos desde nuestras primeras lecturas y películas de Disney. Ahora que eres mayor te gusta el suspense policíaco, con personas normales en barrios normales con vidas normales truncadas por el crimen, no puedes introducir caballeros, princesas o reyes ni con calzador. Al crear un papel, concibe rasgos distintivos, maneras de vestir, palabras que defina sus movimientos, parecidos animales y la clase de ideas que surgen en una primera impresión.

¿Estás tarado?
Sin necesidad de una plantilla de manicomio, las obsesiones, manías y aficiones otorgan valor. Convierten a ejecutivos grises de horario fijo en perturbadas picadoras de carne, genios estafadores o en entrañables padres de familia que adoran el aeromodelismo. Un simple tic en un ojo rompe la barrera entre el resto del planeta y un peligro potencial.

¿Te pareces a alguien?
Aquí solemos destapar una realidad incómoda: tenemos personajes redundantes y toca fusionarlos. Cambios que implican reestructurar porciones de texto en el mejor de los casos. Un fastidio casi siempre conveniente, al que acercarse con cautela. George y Fred Weasley o Merry y Pippin son tan iguales como distintos; uno sirve de catalizador mientras el otro es puro instigador. Funcionan juntos desde el inicio y terminan llevando adelante tramas separadas. Esos desvíos argumentales se basan en una personalidad definida y contundente. Si dudas, plantéate si ambos personajes vivirían una aventura en solitario. Si la respuesta es negativa, fúndelos.

¿Entras en una cabeza extraña?
Esta es la madre del cordero. Ningún personaje será nuevo y alguien usó tu idea antes. El consuelo reside en que la manera de armarlos sí es tuya. Si un lector puede ponerle una cara propia, identificarlo, apegarse a él y pensar en su nombre… ¡Conseguiste tres cuartas partes de tu objetivo! El resto es cosa del argumento y cómo se mueve por él.

Este interrogatorio define si tus personajes tienen pegada. Úsalo sin miedo, incluso para individuos de escenas sueltas. A veces resolverás la papeleta con un adjetivo y otras con un borrado pero al final la clave está en practicar, probar y jugar con ellos.

Eso sí, mantén una hoja de Excel o fichas de bibliotecario con sus datos, créales trasfondo, anota cualquier característica física y psicológica y rara vez escucharás chirriar a nadie en tus letras.

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