The Wire, la mejor narrativa hecha serie

mayo 29, 2013 § 2 comentarios

The Wire

(Photo credit: Wikipedia)

Aún se emitía cuando sonó The Wire en mis oídos por primera vez. Cumplí un lustro escuchando ecos de su calidad, cinco años acumulando expectativas grano a grano en una clepsidra mental, esperando el momento adecuado para descubrir su mérito. Hasta que llegó el segundo episodio de Porque Podcast, en el que trataban de responder por qué hoy se valoran más las series que el cine.

The Wire es un drama acerca de la guerra contra la droga basado en sucesos reales de la ciudad de Baltimore, Maryland. Una radiografía que muestra que la disputa de esquinas donde vender material, la picaresca en el sector portuario, los entresijos políticos de la administración norteamericana, el alcance infravalorado del cuarto poder y las fallas del sistema educativo se convierten en el mecanismo de una bomba de relojería que jamás termina de estallar porque no lo necesita.

A fin de cuentas, la vida real tampoco detona; te roba el aliento con noticias que congelan tu mundo y unos pocos días en los que tu alma se acopla con el tempo del Universo, si nos da por ponernos un poco poéticos, pero prosigue sin prestarte atención. No lo hará cuando estés bajo tierra y continuará sin hacerlo cuando esparzan las cenizas de quienes te enterraron. Esta cruda realidad es el gran elefante en la sala de juegos de The Wire. Lo que jamás se explica en el guión, lo que perdura a través de los giros argumentales, las tramas y el cariño y odio a los personajes.

Esa certeza despojada de artificios de narrativa barata, del primer capítulo al último, te obliga a fijarte en las ausencia de dobleces de las actuaciones, en sus diálogos ricos de pocas palabras, a buscar entre las tripas del relato explosivo un fallo interpretativo, un agujero argumental, una flaqueza que te recuerde que es una ficción.

Y no las encuentras. Simplemente contemplas la bomba en una especie de trance inducido. Cada personaje tiene su código de conducta y se aferra a él, respetándolo como pueda contra el inexorable avance de la realidad. Desde el policía que falsea pruebas de un caso consiguiendo recursos para su departamento al gángster que cree que los niños y los ciudadanos inocentes están fuera del tablero de juego del crimen, pasando por el adicto martilleado por malas decisiones que acoge a otros más desgraciados que él. Personalidades que nadie explica porque las ves.

Los episodios de The Wire duran casi una hora de tensa narrativa carente de ganchos facilones de último minuto —es más: los segundos finales de cada capítulo son un respiro—, aunque eso no implica un serial predecible. Funciona con su propia mezcla de naturalidad cotidiana y sorpresas sórdidas de conflictos que tú y yo sólo conocemos de refilón, pero si en algún momento sospechas la dirección de los acontecimientos, no te preocupes, disfrutarás hasta llegar al destino.

Kurt Vonnegut decía que toda escena debe desarrollar un carácter o mover la acción. En The Wire cada secuencia hace ambas cosas a la vez, sin restricciones. Dentro de esa intrincada y meticulosa maquinaria de personajes turbios, casos atascados por una burocracia disfuncional y juegos de poder fractales cubriendo despiadadas ambiciones retorcidas, el tiempo transcurre sumiso y apaleado. No hablo de una narrativa encorsetada por los minutos, sino de unos minutos al servicio de una narrativa. Cuando alguien tilda esta serie de pausada o lenta me veo obligado a especificar que lo único a ralentí es el espectador. La percepción de lentitud en The Wire es directamente proporcional a la cantidad de información que dejamos pasar. La constatación de un producto extremadamente inteligente, concebido con la intención de demandar atención y sutileza de quienes gozan desarticulando historias.

Por todo esto —y lamento quedarme corto—, The Wire es la razón principal por la que sostengo en mi Acerca de que la mejor narrativa de hoy se encuentra en televisión. A la mierda el cine de dos y tres horas para películas estúpidas. Si quieres aprender a escribir, además de leer como un degenerado, bebe la anarquía estructural de esta serie de un trago, asómbrate con el mecanismo de una ficción que en ningún momento parece tal y descubre los artificios de una historia excelente.

O espera que te estalle en la cara. Tú decides.

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