Once autores. Centenares de gatos.

junio 4, 2013 Comentarios desactivados en Once autores. Centenares de gatos.

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A Internet le gustan los gatos. Lo demuestra YouTube, 9gag, Reddit, I can has cheezburger y que tras cinco mil años aún caemos en la treta de rascar una peluda barriga para que, un segundo después, unas uñas se afilen contra nuestras venas. A su vez, los escritores son las raras avis de la especie humana, los que gruñimos si nos interrumpen en durante el desvarío creativo.

Así es natural que los aporreateclas seamos el estereotipo de amante de los felinos, justo debajo de la loca de los gatos y los villanos de ficción. Como si se confundiera la introversión con una austera soledad y vivir en nuestro mundo nos abocara a compartir la vida con el carácter silencioso y desapegado de Misifú. Aunque creo que nos bastaría con un cactus, pero bueno.

En todo caso, esa relación estrecha entre gatos y autores está sobradamente fundada. Recién afincado en Cuba, Hemingway adoptó un minino de seis dedos que bautizó como Snowball. El novelista se encariñó tanto que otorgó total libertad a la criatura al mudarse a Key West. Actualmente, veintenas de descendientes de Snowball ocupan esa casa y los gatos con dedos extra reciben el apodo de Gatos de Hemingway.

CATS, el musical de Lloyd Webber, nació directamente del Old Possum’s Book of Practical Cats de T.S. Elliot, ilustrado por el también amante de los félidos Edward Gorey. En el The Cat and the Moon de Yeats, el escritor se transforma en un gato que observa los cambios de la luna, que representa a la feminista Maude Gonne y quien rechazó hasta en cuatro ocasiones distintas la mano del literato. Un tercer poeta, William Carlos Williams, llevó una doble vida como doctor y ambas profesiones confluyeron en un estilo conciso que seccionaba pequeños detalles cotidianos con precisión quirúrgica. Entre esas incisiones encontramos el poema Poem (as the Cat) que, si me permites la pista, no trata sobre la extracción de petróleo en las costas de México.

Por si fuera poco, los gatos inspiraron las últimas palabras (tergiversadas al extremo, por cierto) de William Burroughs: «La única cosa que puede resolver conflictos es el amor, como el que sentí por Fletch, Ruski, Spooner y Calico. Puro amor. Lo que siento por los gatos del presente y el pasado. ¿Amor? ¿Qué es? El analgésico más natural que existe. AMOR.»

Pero no es necesario relatar historias de felinos para rendirse ante ellos. Samuel Johnson trataba a su gato Hodge con una indulgencia enfermiza, cortando lazos con aquellos que molestaran al minino y alimentándolo con una dieta que incluía ostras. Patricia Highsmith era conocida por su misantropía y por escribir, comer, dormir y, por supuesto, morir con sus gatos. Pero volvamos a conductas humanas más saludables.

Los gatos de Dickens eran famosos por jugarse los bigotes apagándole los candiles de la mesa de trabajo, actitud comparable a la actual tendencia a desparramarse sobre el teclado o mordisquear los cables. La clase de comportamientos que leíamos en el blog de Neil Gaiman hace un tiempo, cuando todavía hablaba de su vida de soltero y de la importancia de Hermione, Pod, Zoe, Princess, y Coconut. Lo que Raymond Chandler calificó la tiranía positiva de su gata Taki, que era capaz de «emitir maullidos que helaban la sangre hasta que alguien se acercara». O, lo que es lo mismo en el Lenguaje Felino Universal, de demandar atención, comida, mimos o todo a la vez antes de convertir en un muñón de jirones ardientes lo que tú conocías como mano.

Suelo ser más de perros (donde soler es directamente proporcional al número de ladridos por hora, claro), y a mí los gatos me gustan durante el rato que olvido que son criaturas de Satán*.  Y sin embargo, admiro su quietud, el reclamo silencioso de su espacio con una mirada, un latigazo seco de cola o una tensa respiración. Gestos de una consciencia siempre presente removiendo algo ancestral en una majestuosidad que atrapa y doblega y que persigues cuando se esfuma, aunque seas Mark Twain, ofreciendo una fortuna a quien encuentre a Bambino, «grande e intensamente negro; de pelaje grueso y aterciopelado; con una débil franja de pelo blanco en el pecho, difícil de encontrar con luz normal.”

*lo que se cuenta por picosegundos anuales, más o menos.

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