Mitomanía, esa desconocida

junio 10, 2013 Comentarios desactivados en Mitomanía, esa desconocida

English: Iain Banks, author, at the Edinburgh ...

(Photo credit: Wikipedia)

Creo que lo de la mitomanía es para otros. Tengo mis afecciones y me acuerdo de algunas fechas sueltas, pero rara vez me empapo de famosos a menos que un tema lo amerite. Que yo recuerde, nunca me he considerado fanático de nadie (miento: una vez se me calentó el ánimo hablando de Pérez-Reverte durante un debate frente un garito de la Costa Brava, pero esa historia no viene al caso).

Puedes adivinar ciertas preferencias en base mis textos, faltaría más. Que una cosa es que las vidas ajenas me resbalen y otra, distinta, que carezca de gustos. Sin embargo, obsesionarme por aprender de un artista hasta el número de zapato me viene grande. Los nombres de los integrantes de un grupo se evaporan tal que lluvia sobre lava, a veces dejo huérfanas de autor a obras de ayer y hoy y reconozco a los actores porque tienen cara. Si ya me las apaño a duras penas con esos datos, mejor no hablemos de preocuparme por sus vidas, por lo que si necesito recordar alguna efeméride recurro a las innumerables fuentes documentales brindadas por la tecnología actual.

Lo que me deja en la posición de total desapego en lo tocante a celebridades. O en general, así pensando. Me puede el humor negro y ácido que no entiende de famas ni respeta los tiempos sociales establecidos, abocándome irremediablemente a la posibilidad de que soy pelirrojo por acarrear genética irlandesa. Y si por algo son conocidos los irlandeses es por celebrar funerales sin reparos, corriéndose la juerga más desbocada y ruidosa que el difunto hubiera querido, como si traerlo de entre los muertos dependiera de ello.

Es mi forma de filtrar y procesar acontecimientos independientemente de su magnitud. Mi humor bastardo no implica que los sucesos me importen un carajo, sólo que los digiero a mi manera. Consciente de esa particularidad, mantengo mi boca cerrada observando las reacciones de los demás.

Así, leía anoche en el blog de Neil Gaiman la despedida a Iain Banks, quien murió hace unos días. Es, era, un autor brillante cuya genialidad rompía moldes en la ciencia ficción y la estándar. Perteneciente a la segunda categoría, El Puente fue el título con el que descubrí a este escritor escocés.

Dicen que hay libros que te sacian de un género. Que te acompañan largo y tendido y que te hablan de fondo como los recuerdos de una ex-pareja. Que el día que te abandonan o los superas te invade el silencio incómodo de ruido blanco en tu mente. Tardé casi un año en volver a leer ficción después de El Puente. Casi un año que agradezco enormemente.

Aunque ahí termina mi acceso melancólico. Me come la curiosidad sobre qué pensamientos cruzarán la cabeza de un fan auténtico, de los que se encuentre camino a encender una vela y llorar la pérdida o saben qué calzará el autor en su féretro. Por mi parte, propulsaré mi mitomanía hasta mis propios límites, lo que viene siendo con una copa de whisky y una relectura de mi maltrecho volumen de El Puente. Igual al final todo se reduce a eso.

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