Silencia tu editor interno: apaga el maldito monitor

junio 12, 2013 Comentarios desactivados en Silencia tu editor interno: apaga el maldito monitor

LG L194WT-SF LCD monitor

(Photo credit: Wikipedia)

Atención: Este es un ejercicio apto sólo para hábiles en eso de mecanografiar.

Si algo preocupa a quienes le damos a la tecla es esa manía de corregirnos sobre la marcha. Un hábito nocivo que emborrona nuestros pensamientos, entorpece el flujo de los mismos y dinamita la creatividad.

Te enfrascas en un texto a ritmo de jazz o lo que sea que escuches. Al cabo de un rato comienzas a desbarrar sin querer, desviándote a un tema a raíz de un par de palabras espontáneas. De primeras tratas de ignorarlas, pero están ahí, devolviéndote la mirada. Las borras. Trasladas el cursor hasta la letra final. ¿Y si te ha pasado antes? En un impulso primitivo tus ojos retroceden por las líneas, oteando como focos vigilantes de una prisión.

Entonces te detienes un instante y te dices que no, que editar viene después. Lo siguiente es una inocente pregunta: ¿por dónde iba?

Desandas los últimos segundos en tu cabeza. “Ah, sí, ya sé”, exclamas al encontrar la pista. Reemprendes tu camino, aunque algo flojea en tu discurrir. Es parecido a haberse dado un golpe en la rodilla e intentar esconder el renqueo. Frunces el ceño y centras tu atención en las letras. Sabes qué quieres decir y qué palabras escoges.

Y lanzas otro vistazo.

Y vuelves a reengancharte.

Y cojeas más que antes.

Así, poco a poco —o no, según cuánto y cómo corrijas—, pierdes el hilo. Lo tenías todo planeado al milímetro, pero descarrilaste igualmente.

Si nada de esto te sorprende es normal. El saboteo constante de nuestro editor interno es un mal común. ¿Cuántas veces creíste meter la pata y al revisar descubriste que era una falsa alarma? Muchísimas. Porque además de por errar, también escudriñamos qué corregir por asegurar, como al dudar momentáneamente si te has dejado las llaves aunque acabes de palparte el bolsillo.

Así que, parafraseando la cuestión filosófica, pregúntate: si en un texto surge un fallo y nadie lo ve, ¿interfiere el equívoco en la redacción?

Te propongo que busques la respuesta iniciando un documento nuevo en tu procesador de textos. Luego apaga tu monitor (o, si tienes un teclado inalámbrico, muévete a otra habitación o a una distancia lejana). Y empieza a escribir.

La tentación de retocar reventará tu umbral de tolerancia al principio. Afortunadamente, la pereza humana considerará que encender y apagar la pantalla a cada sospecha es una tontería y que sacudirse el malestar y esperar no es tan grave.

Apartar de un empujón tu editor interno facilita redactar tal y como piensas, extendiendo la alfombra roja para que tu tren de pensamiento sea la estrella de tu texto. A la larga, esta práctica libera de una gran porción de inseguridad y aplasta la posibilidad de poner en peligro aquello que quieres escribir si tienes un día denso.

Abraza la certeza de que, la cagues cuanto la cagues, no es el fin. Redefine la separación entre el proceso creativo y el editorial con el botón de encendido de tu pantalla. Que el ON/OFF electrónico incite/aplaque la caza de esos detalles infames que de otra manera te distraerían.

Oblígate a no corregir sobre la marcha. Apaga el monitor. Escribe a ciegas.

Y ya editarás después.

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