La sinestesia de Vladimir Nabokov

julio 1, 2013 Comentarios desactivados en La sinestesia de Vladimir Nabokov

(photo credit: Wikipedia)

Que el cinco sea un estallido celeste o el tacto del cemento en tus manos provoque sabor a col de Bruselas. De las maravillas de las que es capaz nuestro cerebro, la sinestesia, la interferencia de diferentes sentidos en un mismo acto de percepción, es la más atractiva.

Leía la transcripción de una interesante entrevista que la BBC realizó a Vladimir Nabokov en 1962, y di un respingo al topar con la descripción de su capacidad sinestésica. En concreto, con estas dos preguntas:

Otro aspecto de su consciencia poco habitual es la extraordinaria importancia que le atribuye al color.

Color. Creo que nací pintor —¡de verdad!—, y hasta mi decimocuarto año, quizá, solía pasar la mayor parte del día dibujando y pintando y se suponía que me convertiría en un pintor en poco tiempo. Pero no pienso que tuviera ningún talento. Sin embargo, el sentido del color, el amor por los colores, lo he tenido toda mi vida. Y también tengo este don anormal de ver las letras en color. Se le llama audición del color. Puede que uno de cada mil la posea. Pero los psicólogos me han dicho que la mayoría de niños la tienen, que después pierden esa aptitud cuando sus estúpidos padres les inculcan que es todo un sinsentido, que la A no es negra, que la B no es marrón.

¿De qué color son sus iniciales, VN?

La V es de un pálido rosa translúcido: creo que se le llama, técnicamente, rosa cuarzo. Ése es uno de los colores más cercanos que puedo conectar con la V. Y la N, por otro lado, es del color amarillo grisáceo de la avena. Pero hay algo divertido en todo esto: mi mujer también posee este don de ver las letras en color, pero sus colores son totalmente distintos. Hay, quizá, dos o tres letras donde coincidimos, pero por lo general los colores son bastante diferentes. Resulta que descubrimos un día que nuestro hijo, que era un crío en aquel entonces —creo que tenía diez u once años—, también veía las letras en colores. De forma natural decía “oh, pero esto no es de este color, sino de este otro”, y así sucesivamente. Entonces le pedimos que listara sus colores y descubrimos que en un caso, una letra que él percibía como púrpura o malva, era rosa para mi mujer y azul para mí. Era la letra M. Así que de la combinación de rosa y azul surge el lila, en su caso. Como si los genes pintaran en acuarela.

Dejando a un lado la posibilidad de maquillaje en todo esto —hablamos de un rasgo hereditario, aunque nada sostiene la complementación observada en el hijo—, el número de artistas sinestésicos es proporcionalmente mayor que en otras disciplinas profesionales. Lo veo lógico. En la literatura, las cuñas sensoriales transforman las descripciones en piezas más ricas.

Sin embargo, me pregunto si es una cualidad tan práctica como parece. Incluso en personas adultas formadas, los colores, sonidos y tactos tienen connotaciones muy distintas. No podemos explicar el rojo, por ejemplo, y mi rojo seguramente no sea igual que el tuyo. Si añadimos las combinaciones sensoriales de los sinestésicos, el concepto rojo estalla en infinidad de opciones y es razonable pensar que las experiencias sinestésicas desafíen la narrativa convencional.

Para el grueso de la población, el rojo es la ira, la sexualidad, el peligro y los impulsos primarios. Mientras, la sinestesia ejerce una asociación personal muy particular.

Y aunque las convenciones ayudan a llegar a la mayor cantidad de gente posible —por algo nacen de los filtros culturales—, y los editores son brújulas cruciales en el uso correcto de sensaciones en un texto, los estándares encorsetan la creatividad rasgando la voz del autor, la expresión que le hace especial y único.

Así pues, necesitamos esa peculiaridad y hacerla práctica. Activar con ella recuerdos adormecidos, desencadenar nuevas asociaciones sensoriales en los lectores, sacar a relucir matices desconocidos y catalizar las palabras de los mudos por miedo a ser bichos raros o quienes aún se martillean con los  “esto no se dice”, “esto está mal”.

Que también es una buena razón para escribir.

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