Los 6 meses sin pensamientos de Chuck Palahniuk

agosto 6, 2013 Comentarios desactivados en Los 6 meses sin pensamientos de Chuck Palahniuk

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(Photo credit: urbanartcore.eu)

“En seis segundos me odiarás. Pero en seis meses serás mejor escritor”.

Chuck Palahniuk abre así el que probablemente sea el consejo más útil para un escritor novato: eliminar los thought verbs o  los verbos de pensamiento.

Pensar, saber, entender, comprender, creer, querer, recordar, imaginar, desear y los miles de verbos relacionados con procesos mentales y emocionales. Suprímelos de tu vocabulario sin piedad durante 180 días y aprende a infundir carácter y enfatizar acciones. Hasta febrero del año que viene tienes prohibido escribir: “Kenny se preguntaba si Monica detestaba que saliera por las noches”.

En cambio, narra: “Las mañanas después de que Kenny trasnochara más allá del último autobús, teniendo que hacer dedo o pagarse un taxi y llegando a casa y encontrándose a Monica fingiendo dormir, porque ella jamás dormía así de quieta, esas mañanas, ella metía sólo su taza de café en el microondas. Nunca la de él”.

Al principio caerás en la trampa de usar ambas formas. “Brenda sabía que que nunca llegaría a tiempo. El tráfico, atascado desde el puente, colapsaba hasta ocho o nueve salidas. La batería de su móvil, muerta. En casa los perros necesitaban salir si no quería limpiar una leonera. Además, le prometió al vecino que regaría sus plantas…”. Borra la frase inicial, y pregúntate: ¿mejora la urgencia?

Ahora bien, ¿cómo puede ser que Chuck Palahniuk abogue por exterminar pensar o recordar si la escritura peligrosa se basa en experiencias sensoriales subjetivas? La respuesta es que las sensaciones son resaltables sin un personaje. Si algo huele mal, huele mal físicamente. Es una característica de la escena. En “El hedor rancio de sudor y pies inundó el vestuario”, la única nariz es la del lector, y es suficiente.

Hablando de quién hace qué: este ejercicio es más es más asequible teniendo clara la posición de nuestros peones. Un personaje jamás debe quedarse solo. Puede carecer de compañía en kilómetros a la redonda, pero basar su experiencia en eso te abocará a pensar, a recordar, a asociar. Y aunque en realidad es inevitable, esquivando los verbos de pensamiento conviertes una divagación en una aventura. Por ejemplo: “Esperando al autobús, Mark comenzó a preocuparse acerca de cuánto tiempo duraría el viaje”. ¿Por qué el desasosiego? ¿Cómo se articula esa ansiedad? ¿Por qué no veo qué angustia a Mark? ¿Por qué opacar esa información?

“El horario decía que el autobús pasaba a mediodía pero el reloj de Mark marcaba ya las 11.57. Podías ver la carretera hasta topar con el centro comercial y no ver un autobús. Sin duda, el conductor debía estar aparcado por donde el cambio de dirección al final de la línea, echando una cabezadita. El conductor estaba tirado, durmiendo, y Mark iba a llegar tarde. O peor, el conductor estaba bebiendo, conduciría borracho y cobraría a Mark setenta y cinco centavos por morir en un accidente de tráfico”.

Los recuerdos funcionan igual. En lugar de “Wanda recordó cuando Nelson le cepillaba el pelo”, podrías decir que “durante su segundo año en la universidad, Nelson le cepillaba el pelo con largas y suaves pasadas”. Al cargarnos los verbos de pensamiento desandamos presuposiciones habituales que dan por sentado qué sabe o no el lector, profundizamos en historias paralelas que enriquecen las acciones de los personajes y nos imponemos mostrar en vez de contar.

En esa línea, el consejo de Chuck Palahniuk menciona huir como de la peste respecto ser y tener. “Los ojos de Ann son azules” o “Ann tenía los ojos azules” otorgan información, pero se quedan cortas para definir al personaje. Viste las descripciones cortas con un comportamiento. “Ann tosió y sacudió la mano delante de su cara, apartando el humo de cigarrillo de sus ojos azules antes de sonreír”.

Escribe durante los próximos seis meses con estas directrices. Destierra los verbos de pensamiento, sáltate los atajos y viste frases que sólo muestren una dimensión. Revisa tus textos, localiza cada reflexión e intención. Aniquílalas. Aprenderás muchísimo sobre narrativa, detectarás preventivamente actitudes nocivas para tu escritura y te divertirás tanto con esta manera de trabajar que jamás odiarás a Palahniuk.

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