El autor entre líneas, o una bobada como el (psico)análisis caligráfico

agosto 21, 2013 Comentarios desactivados en El autor entre líneas, o una bobada como el (psico)análisis caligráfico

bien

(Photo credit: silentnoise)

A raíz de un Drunktards, una persona cercana dejó caer que un pedazo de psique del autor se filtra en lo que escribe, su carácter encuentra un resquicio e impregna lo redactado. Comentario respetable si no fuera porque en ese momento la traducción era que si escribes como un misógino, es que una parte de ti lo es.

Oiga, mire, no.

¿Recuerdas cuando alguien cometió el error de tomarse en serio un texto mío en el que basaba una ficción en una situación real que viví? Pues esto es lo mismo.

Igual que es útil distinguir entre realidad e invención —incluso si, para regocijo del autor, capitulamos y le preguntamos—, es necesario entender que el escritor y sus escritos son unidades bastante independientes salvo ensayos, artículos de opinión, blog intimistas y otras hierbas al uso.

De primeras, porque no escribimos sólo sobre lo que conocemos. Decía Nikki Giovanni que escribir desde lo que se sabe da para rellenar un libro o tres poemas. Por eso buscamos tras las bambalinas de la normalidad de los temas cotidianos. Siempre hay un por qué desconocido, un motivo por descubrir, una faceta por desvelar. Esa búsqueda de respuestas nos catapulta a historias que jamás viviremos, a hipótesis y a “y si…”. La cantidad de interrogantes estalla exponencialmente en cuanto nos adentramos en lo imaginario. Se abren tantas opciones por explorar, desde tantos ángulos distintos, que la única posibilidad de que una porción de nosotros se plasme ocurre en qué dicen nuestros personajes o en cómo los torturamos con dilemas bañados de malsana injusticia.

Y aun así. Ni siquiera en narraciones cargadas de simbolismos que adquieren nuevas connotaciones y matices en su relectura, como El Péndulo de Focault de Umberto Eco. Menos, de hecho. Bien porque las capas de significados parapetan al autor, bien porque el hueco del embudo por el que colarse se reduce al avanzar la trama. Con cada giro, las reglas del juego constriñen el espacio a la elucubración, se quema creatividad procurando que el relato funcione y el proceso deja al escritor un paso más cerca del clímax, ese lugar donde su reflexión no importa una mierda porque se ha arrojado toda la carne en el asador.

Lo único que puedes dilucidar de un autor en sus textos es su voz. De la épica a la verdad novelizada, los dejes, la cadencia y el vocabulario son hijos de su padre o de su madre. Claro que hay quien juega con el lector o ha desarrollado patrones narrativos hasta convertirlos en una característica más de su estilo, pero en lo tocante al psicoanálisis a través de una historia, observar más allá de qué palabras predominan las líneas roza lo enfermizo.

Todo lo demás, la idea de que tras cada letra se expone la tara mental, que la elección y extensión de temáticas concretas muestran rasgos psicológicos a pequeña o gran escala, es un sesgo peligrosísimo. Es patinar desde la neurociencia a la superchería literaria. La clase de noción venenosa que empuja a no escribir por miedo. Como si se tuviera el derecho a esperar que Stephen King atara a cualquiera en su cama para reventarle las piernas con una maza porque, fíjate tú, los textos son el espejo del alma.

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